Bienaventuranzas de los abuelos
Benditos los que son capaces de comprender que me tiembla el pulso y que mis pasos son lentos y vacilantes.
Benditos los que se acuerdan de que mis oídos ya no funcionan bien y a veces no lo entiendo todo.
Benditos los que saben que mis ojos ya no ven bien y no se impacientan cuando se me cae algo de las manos y se rompe.
Benditos los que no se avergüenzan de mi torpeza al comer y me hacen un lugar en la mesa familiar.
Benditos los que me escuchan, aunque les cuente mil veces el mismo cuento o los mismos recuerdos de mi juventud.
Benditos los que no me hacen sentir de más y me demuestran su afecto con delicadeza y respeto.
Benditos los que me tiendan su mano cuando me llegue la noche y deba pasar al descanso.
Autor desconocido. Adaptado por Esther Azón Fernández (EAF)-Redacción CPM

